"En fin, toda la gente sospechosa de no querer ser el hombre nuevo según
la concepción maniquea de un apátrida que practicaba ilegalmente la
medicina, que tomó para sí el papel de juez sumarísimo y ufano verdugo,
que no dormía supervisando los fusilamientos de La Cabaña, que anduvo
trasteando con arrogante incuria argentina con la economía cubana hasta
arruinarla, "
Publicado el sábado, 18 de octubre de 1997 en El Nuevo Herald
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IBSEN MARTINEZ
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Che: misticismo ético y letal
Más que a Guevara, el hombre terrenal, el autor condena el guevarismo,
ese moralismo simplón que reduce la solución de los males a la tontería
de que prevalezcan los desprendidos, así sean unos badulaques.
Comencé mi carrera de articulista hace poco más de un cuarto de siglo,
escribiendo un suelto sobre el Che Guevara.
Dotado de un olfato proverbial como buscador de talentos, mi editor de
entonces dio conmigo y me puso a prueba encargándome un artículo.
Por aquel entonces, igual que ahora, la cultura de masas y sus extravíos
eran el pienso favorito de los intelectuales latinoamericanos y de las
revistas que maquinalmente concebían, dirigían, imprimían, distribuían y
llevaban a la quiebra.
Ocurría por esos días que Hollywood había probado suerte con un largo
metraje argumental sobre el Che Guevara. Jack Palance era Fidel Castro y
Omar Shariff era el médico argentino. Por más que lo intento, no puedo
recordar quién hacía de Fulgencio Batista, ¿Eli Wallace rapado? ¿Ernest
Borgnine ``amulatado'' artificialmente?
Por supuesto, Palance era el fanático despiadado; Shariff, el mártir
jacobino, el santo laico.
Mi artículo denunciaba, en ocasión de un aniversario de la muerte del
Che en Bolivia, la arrogancia de la industria del entretenimiento al
atreverse a banalizar un trecho de historia latinoamericana con tan
desaprensivo reduccionismo.
En especial me irritaba la dupla ``Palance es el malo, Shariff es el
desprendido; Palance es el megalómano calculador y Shariff el soñador
burlado; Shariff es el revolucionario descaminado pero honesto; Palance
el resentido vendepatria; Shariff el santo laico''.
A lo largo de estos 25 años he cambiado de opinión respecto a innúmeras
cuestiones: he cambiado de opinión respecto a la regla del bateador
designado, por ejemplo, sin que ello entrañe un terremoto epistemológico
ni una catástrofe moral.
Pero pocas cosas me han estremecido tanto como haber topado hace unos
días con el suelto amarillento que Pablo Antillano publicara en su
revista incandescente.
Releer el articulito, petulante y desmañadamente escrito, me remitió a
una frase que Antonio Machado atribuye a su heterónimo Juan de Mairena:
``Debajo de lo que se piensa está lo que se cree''.
Y es que ya desde entonces, todo lo que se me decía que debía ser motivo
de admiración, tratándose del Che, me resultaba aborrecible. En eso no
he cambiado un ápice: ni más ni menos que un sicópata me pareció siempre
el comandante. La misma desafección megalómana, sublimada en ``causa
superior''. La misma inapelable unicidad de propósitos que informa al
asesino en serie.
Y, por sobre todo, más que Guevara el hombre terrenal, me repugnaba el
guevarismo, o por mejor decir, ``los guevarismos'' de toda laya: ese
culto demencial a la voluntad por sobre todas las cosas, sin atender a
lo contingente. Ese moralismo simplón e inapiadable que reduce el motivo
de nuestros males a la simple cuestión de que prevalezcan los honestos y
los desprendidos, así sean unos badulaques, por sobre los públicamente
útiles, aunque muestren humanas y privadas debilidades.
Pero hay una formulación guevarista, presente en casi toda instancia del
discurrir moralista de izquierda, que siempre me ha lucido tan
adolescente y trivializadora como peligrosa y digna de ser combatida sin
cuartel.
Me refiero a la noción de que hay hombres ``imprescindibles'', en el
sentido totalitario y aniquilador, en el sentido supremacista y
cercenador de la individualidad, que supo darle ese prodigio de
deshonestidad intelectual que fue Bertolt Brecht.
Esa idea de que hay salvadores hechos de una estofa moral superior que
les otorga poder de vida y muerte sobre los demás, halaga el integrismo
enfermizo de todo buen salvaje de izquierda cuando coloca un disco de
Silvio Rodríguez y se extasía escuchando que el Che era ``un animal de
galaxias'', un filántropo guerrero, que comprendió que ``la guerra era
la paz del futuro'', y que ``iba matando canallas con su cañón de
futuro''.
Los canallas del guevarismo somos el resto de la gente: los demócratas,
los que creemos en las virtudes y fastos del individualismo y toleramos
sus miserias, los tibios de opinión, los normales, los espectadores, los
que vemos los toros desde la barrera, los que guardamos un fondito de
café y media caja de cigarrillos para un día de lluvia, los que dejamos
pasar, los que cultivamos la mentira blanca, los que no predicamos
castidad con las pantaletas en la mano, los que cortejamos sin éxito la
mujer ajena, los que llegamos tarde con una mala excusa a la oficina,
los que en lo posible evitamos hacer cola, los que echamos una cana al
aire, los que tenemos una destreza y sólo una, los que no vemos motivo
razonable alguno para inmolarse voluntariamente por causa alguna en la
Tierra.
En fin, toda la gente sospechosa de no querer ser el hombre nuevo según
la concepción maniquea de un apátrida que practicaba ilegalmente la
medicina, que tomó para sí el papel de juez sumarísimo y ufano verdugo,
que no dormía supervisando los fusilamientos de La Cabaña, que anduvo
trasteando con arrogante incuria argentina con la economía cubana hasta
arruinarla, y luego salió a dar la vuelta al mundo buscando, igual que
Diógenes, a gente lo suficientemente pura y revolucionaria para salir a
matar indígenas reclutas bolivianos con él.
¿Un santo laico el Che Guevara? Lo mismo decía Charles Manson hablando
de sí mismo.
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