
El rasgar de una guitarra acompañando la voz nada de vibrante y placentera de un enamorado sacaba de la cama a muchas curiosas jovencitas confiadas que una de ellas era la agraciada con la serenata.Cuando la realidad dictaba quién era la favorecida, las ventanas comenzaban a cerrarse discretamente, quedando una que otra a medio cerrar tras ojos fisgones que no querían perderse el espectáculo.
El barrio donde viví parte de mi adolescencia era despertado casi todas los fines de semanas con serenatas que un par de enamorados le llevaban a dos hermanas que no correspondían el amor de sus pretendientes. Las muy listas callaban la verdad y no desengañaban a los dos idiotas porque "les encataban las serenatas". Cuando los engañados supieron la verdad, por todo el vecindario se regó la noticia que uno de ellos había tratado de quitarse la vida ingiriendo "pasta eléctrica", un veneno para matar ratones. Podrás imaginarte la reacción de los vecinos al saberse la verdad y la tragedia causada por dos jóvenes irresponsables. Las hermanas y sus padres prefirieron abandonar el barrio a soportar las críticas y malas miradas de sus vecinos. Por mucho tiempo estuvo el barrio sin que a media noche se escucharan las cuerdas de una guitarra acompañando uno que otro enamorado sereneteando a su pretendida.
Como la Naturaleza no me favoreció con voz para el canto ni con talento para la música, cuando llegó mi turno para sentir el aguijón del amor jamás cruzó por mi mente llevarle una serenata a mi novia. Mientras la prima de ella recibía serenatas cantadas por la agrupación musical de un conocido cantante local, pobrecito yo escuchaba al amor de mis amores describir lo sucedido la noche anterior y contestar con un: ¡ujú! cada vez que ella pausaba para recobrar el aliento.Cuarenticinco años más tarde de vez en cuando me tengo que vestir de paciencia y esuchar cuánto mi cara mitad disfrutaba de aquellas serenatas que no eran para ella.
No tengo la menor idea si en Puerto Rico la costumbre de llevarle serenatas a las muchachas ha dejado de existir como muchas de las que en esta página menciono. Mi ausencia de la isla sobrepasa los treinta años y las visitas esporádicas no me permiten averiguar si ello es cierto o no. Sólo puedo avivar las llamas del recuerdo escribiendo sobre una tradición que es recordada por muchos y atesorada por otros.
¡Qué tiempos aquellos!
