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La Base Ramey-Parte I


Quiso la buena fortuna que en dos ocasiones sirviera en la Base Ramey seis de mis veinticinco años de servicio con la Fuerza Aérea norteamericana. Los primeros tres años fueron el resultado de mi enlistamiento en aquél puesto militar; los otros tres fueron antes de ser enviado a servir en Vietnam. Aquella fue la última vez que pude apreciar lo que en otro tiempo fuera el puesto militar más grande en todas las Antillas. Cuando regresé la base ya no existía. Sólo quedaban el carapacho y los recuerdos del bullicio y la actividad diaria que habían convertido a Ramey en una ciudad de por sí.

A principios del 1956 muchos Aguadillanos que ya habíamos servido en el ejército estadounidense supimos de las oportunidades que existían para ingresar en la Fuerza Aérea con un rango menor al obtenido en otra rama militar. Ya que las oportunidades de empleo en la vida civil brillaban por su ausencia los interesados encontramos las puertas de Ramey en espera nuestra. Fue así como pasé a formar parte de una rama del servicio militar que proveyó veintidos años de estabilidad y seguridad para mí y mi familia.

Del 1956 al 1959 fui asignado al departamento de dibujo de un escuadrón de mantenimiento aeronáutico. Entre el ruido ensordecedor de las máquinas utilizadas en la reparación de motores propulsores y los aviones que eran estacionados cercanos al hangar para recibir los motores comencé a prepararme para un oficio el cual terminada mi carrera militar serviría para proporcionarme un trabajo hasta el día de mi retiro. En Ramey aprendí el oficio de delineante.

En aquellos tres años tuve la oportunidad de conocer un sinnúmero de compañeros hispanos y norteamericanos de quienes guardo gratos recuerdos. También llevo conmigo la memoria ingrata de varias personas quienes se empeñaban en arruinar la felicidad que mi estancia en Ramey me proporcionaba (véase la segunda parte).

Sólo una persona voy a mencionar pues le consideraba arrogante y carcomido por el prejuicio que muchos anglosajones no ocultaban hacia los puertorriqueños allí estacionados. Me refiero al general que comandaba el escuadrón de bombardeo estacionado en Ramey.

Todas las mañanas el déspota general aguardaba frente al hangar principal a todos los soldados que residían fuera de la base para cerciorarse que llegaban a tiempo a su trabajo. Aquél descdichado que tuviera la desgracia de llegar tarde paraba con un rango menos en las mangas o castigado severamente. A Dios le doy gracias por no haber sido una de sus víctimas.

El castigo más grande que todos (sin distinción de persona) podíamos recibir se efectuaba un sábado al mes en la pista de aterrizaje: la temida parada mensual. Bajo un sol de noventaypico de grados de temperatura y una humedad cerca del cien porciento teníamos la obligación de marchar por más de una hora para complacer los deseos del tirano con rango de general.

En cada desfile no podía faltar el desmayo de dos o tres gringos quienes la noche anterior habían ingerido más de lo debido en los bares de la ciudad que estaban permitidos frecuentar. Aquellos infelices soldados paraban recluidos en el hospital donde podían contar con la visita del enfurecido general.

El escuadrón que más problemas tuviera durante el mes era castigado con el símbolo de la deshonra: una cabra que debían mantener frente al edificio donde fuera vista por todos los transeúntes que por allí pasaban. El galardón fue la ingeniosa idea del despótico general.

A pesar de vivir bajo la bota de un tirano, el diario trajín en la Base Ramey continuaba sin interrupción

Tres años más tarde fui trasladado a la isla de Terranova, provincia del Canadá donde perdí contacto con la base por cinco años. Me acompañaban mi esposa, dos niñas y un niño, los dos más jóvenes nacidos en el moderno hospital de Ramey.

En el 1965 por segunda vez tuve la buena suerte de ser regresado junto a mi familia a la Base Ramey.

Inmediatamente encontramos alojo en una de las viviendas en el reparto conocido por el FHA. Permanecimos allí poco tiempo pues logramos rentar una casa en la ciudad de Aguadilla hasta que tres años luego recibí órdenes para Vietnam terminando de esa manera el vínculo con la Base Ramey. Unos años más tarde fui informado del cierre de la base.

Termino con un comentario de aguadillano ausente: Cuando las autoridades norteamericanas retornaron al gobierno estatal los terrenos que una vez ubicaran la Base Ramey, por mi mente pasó la ilusión de encontrar a mi regreso una pequeña mina de oro explotada por la gente que otrora fuera negada el derecho a visitar sus propios terrenos. Aquí me refiero a mis hermanos aguadillanos.

Vislumbré un moderno centro médico en el edificio que alojara el hospital militar; en cambio, sólo encontré cuatro paredes y un techo en deterioro. Manos atrevidas habían violado el recinto donde dos de mis niños nacieron despojándolo de las ventanas y puertas que modernizaban el majestuoso edificio.

Este aguadillano que les escribe y que pretende lo mejor para el Aguadilla de ayer, de hoy y de siempre derramó un par de lágrimas en memoria de lo que fuera: Borínquen Field y más tarde: Ramey Air Force Base.