
Osvaldo era el de más edad, el más alto, el más delgado y el de más "experiencia" en la vida. Valdo, como todos le llamábamos, alegaba haber perdido la inocencia en las manos de una vecina dedicada a buscar aventuras ilícitas fuera de la santidad del matrimonio.
Antonio y Leonides eran hermanos. Leonides era el regalón de una familia compuesta por dos varones, dos hembras y sus dos envejecientes padres. Todos eran un producto del campo, a poca distancia de nuestra ciudad.
Rafael y Julio también eran hermanos. Sus padres, una pareja excepcionalmente hospitalaria, aceptaban en su hogar la presencia de los cuatro amigos de sus dos hijos sin reparo alguno. Para nosotros las puertas estaban abiertas las veinticuatro horas del día. En su hospitalidad iban incluidos el amor y la comprensión de padres, factores no muy comunes en nuestros propios hogares.
De los seis el más pequeño de estatura y quien más frecuentaba el hogar de Rafael y Julio era yo. En su juventud mi madre había conocido a la madre de éstos, motivo quizás para ser aceptado en un hogar que jamás olvidaré.
Éramos seis amigos inseparables. Cada uno dispuesto a compartir con sus amigos las penurias de una juventud escasa de recursos monetarios gracias a la situación económica tan apretada de nuestros padres; sin embargo, los más afortunados ponían el poco dinero que tenían a la disposición de sus compañeros más necesitados. Siempre había plata para ir al cine, para un par de cervezas y uno que otro cigarrillo a escondidas de quienes podían notificar a nuestros padres.
No éramos busca pleitos ni creadores de problemas en nuestra sociedad. Jamás fuimos detenidos o interrogados por la policía o miembros de la autoridad por embriaguez o desorden público. La medianoche siempre nos encontraba metidos en la cama aceptando el mandato de nuestros padres.
Tampoco éramos unos Don Juanes desconsiderados. Las muchachas de nuestro agrado eran tratadas con todo el respeto y la cortesía que la mujer se merece. A su paso soltábamos los piropos más gentiles de nuestro limitado repertorio cuidadosos en la selección de los mismos. Para cada joven había una "flor" diferente. Por norma los resultados eran negativos; en cambio, nos quedaba el placer de haber tratado una conquista más.
Éramos seis amigos inseparables. Hasta que una guerra sin vencidos ni vencedores se atrevió a desbaratar nuestra hermandad.
El primer eslabón en zafarse de la cadena que por muchos años resistió quebrarse fui yo. Casi cumplidos mis dieciocho años la inestabilidad del trabajo de mi padre me obligó a enlistar como miembro de la Guardia Nacional, cuerpo militar que en corto tiempo me puso en un transporte de tropas rumbo a la Corea del Sur. En aquél barco de guerra encontré la mayoría de edad y la angustia del miedo a lo desconocido.
Osvaldo siguió mis pasos enlistando en el ejército norteamericano. Antonio y Leonides no tardaron en vestir el uniforme militar también. Rafael y Julio optaron por cursar grados universitarios logrando ser diferidos del servicio militar por el tiempo necesario para completar sus estudios. Terminado el conflicto bélico y ya graduados, los dos hermanos cumplieron con sus obligaciones militares. De los seis Julio fue el único en servir con el rango de oficial.
Un año después regresé cubierto por la gloria de haber servido en combate junto al benemérito Regimiento 65 de Infantería bajo el mandato de uno de los grandes líderes militares puertorriqueños: el General César Cordero Dávila: Q.E.P.D.
Aquellos doce meses de ausencia habían logrado el cambio antes resistido por la cadena que por cinco años nos unió. Rafael y Julio fueron los únicos en aceptar mi retorno. Los otros tres amigos cumplían con el servicio militar fuera de nuestro país.
Inmediatamente noté la ausencia del entusiasmo que antes sintiéramos cada vez que los seis amigos nos reuníamos para compartir nuestras penas y alegrías. La cohesión que por cinco años nos mantuvo unidos se había esfumado como si aquella cadena hubiese sido unida por un pegamento volátil. Ya no éramos seis adolescentes inseparables. Eramos seis hombres, expertos en milicia y combate unos, estudiantes universitarios los otros. Era imposible darle marcha atrás al tiempo.
Sólo quedaban los gratos recuerdos de seis amigos unidos por la amistad en una época que muchos llamamos "La Época de Oro".
