|
En sus numerosos viajes del cañaveral a la central refinadora los
camiones utilizados para llevar la caña a su última morada estaban obligados a
pasar por el centro de la ciudad ya que era la única ruta disponible en los
días de mi niñez en Aguadilla. Los troces (camiones o anglicismo para “trucks” en
inglés) repletos de caña transitaban por el barrio donde vivía junto al resto
de mi familia con la lentitud de una caravana de cobos pues la carga que en sus
cajas llevaban era demasiado pesada para el motor que impulsaba el vehículo.
Aquella lentitud unida a los muchos hoyos en el pavimento lograban que varios
pedazos de caña saltaran fuera del camión; unas veces a un lado del camino
salvo de otros vehículos y otras veces eran desparruchados por otros camiones
siguiendo al primero. Las cañas que la muchachada lograba salvar intactas
enseguida paraban entre nuestros dientes tratando de mondarlas o sea, remover la
dura corteza. Chupar el jugo de un pedazo de caña es una experiencia
inolvidable. Otras veces llevábamos la vara de caña a nuestras casas donde
nuestras madres las mondaban con un cuchillo amolado (casi siempre con el único
cuchillo en la cocina). Una vez mondada era dividida en canutos (segmentos) y
estos en palitos fáciles de triturar con nuestros pequeños dientes. Cada vez
que un camión deceleraba su marcha gracias a un agujero o hondonada en el
camino dos o tres muchachos arriesgados se aferraban a la baranda del vehículo
y comenzaban a subir a la cima de la carga; desde allí lanzaban varas de caña
a la muchachada en espera con la seguridad que la mayor porción les tocaría a
ellos so pena de “oler sus puños” cuando bajaran del vehículo. El paso del
tiempo y la pala mecánica de la modernización desviaron todos los camiones de
carga por una ruta más corta y segura a la central y con ello terminó nuestra
espera de los “troses cargados de caña”. Hoy en día si quieres chupar un
pedazo de caña tienes que ir al super colmado y pagar un precio ridículo por
algo que en los tiempos de mi niñez recogíamos de la carretera y no teníamos
que pagar un sólo centavo.
Otra postal que recuerdo relacionada con la caña
era las mañanas de los sábados cuando los trabajadores recibían el salario de
aquella semana por terminar. Temprano comenzaban a llegar al punto de espera
vendedores ambulantes, barberos y “buscones” detrás del poco dinero que los
jornaleros recibían por tan agotante labor. Apartados del grupo también
esperaba la doña con su prole para estar seguros que la cabeza de la familia no
gastara los chavos en cosas baladíes que por allí rondaban; una de ellas:
mujeres de mal vivir al acecho de los debiles e incautos. Mientras el capataz y
el listero llegaban con el dinero de la nómina, en un lado de la propiedad
podía verse al barbero recortando a un cliente sentado en un cajón de madera,
vendedores de dulces y frituras pregonando la mercancía por otro lado y un
juego de topos (dados) o de dominó en progreso más allá del grupo en espera.
Una vez llegaba la “moniama” (dinero) se formaba la cola para recibir en
orden alfabético el sobrecito khaki conteniendo el pago de aquella semana. Los
que tenían la dicha de saber escribir firmaban la nómina con su puño y letra,
aquellos cuya escuela era el cañaveral estampaban una “X” a cuyo lado el
capataz o el listero firmaban atestiguando la veracidad de aquella marca. Ya
para el mediodía el gentío había desaparecido dejando el lugar solitario
hasta el próximo sábado.
¡Qué tiempos aquellos, mi hermano(a)!
|