e notado muy alarmado cómo el viejo dicho: "el cliente siempre tiene la razón" ha sido reemplazado por la rudeza y el desinterés de muchos administradores o empleados de los modernos establecimientos comerciales. Si muchos de los fundadores de esos negocios estuvieran entre los vivos caerían fulminados por un infarto cardíaco al tener conocimiento de la forma descortés dispensada al cliente en los negocios que con celo y esmero ellos crearon.

Reconozco que en muchas ocasiones el parroquiano crea la situación que conduce a la rudeza de quienes le sirven; no empero, considero que al cliente debe adjudicársele la oportunidad de enmendar su error. Al fin de cuentas, es su dinero lo que mantiene al negocio.

Para demostrarles la base de este tema, les presento el siguiente incidente que mi esposa y yo experimentamos meses antes de retirarnos.

Pasadas las seis de la tarde regresé a mi hogar luego de un día dificultoso en la oficina. Mi esposa aguardaba a la puerta de entrada cartera en mano. -No apagues el motor- ordenó abordando mi auto-,en la casa no hay una gota de leche ni una lasca de pan; llévame al supermercado antes de que te sientes a jugar con la computadora y no haya quién te saque de la casa.

En este último párrafo no esperes un comentario en mi defensa.

Una vez en el supermercado la leche y el pan se convirtieron en un total de trece artículos que -según mi esposa- eran necesarios en la cocina. ¿Porqué esperar hasta el último minuto cuando los teníamos a la mano?

El establecimiento contaba con unas ocho hileras de cajas registradoras, dos de ellas dedicadas a clientes con doce artículos o menos; regla establecida para aliviar la larga espera en las hileras de clientes abarrotados de artículos.

Ni tontos ni perezosos aproximamos nuestro carrito a la hilera de doce artículos menos congestionada. Dos clientes despachados y nosotros seríamos los próximos.

Llegado nuestro turno, procedimos a depositar nuestra compra en la correa que los transporta hasta la registradora. Allí la cajera procede a pasar cada artículo por el sistema electrónico que determina su género y precio.

Doce artículos pasados, la cajera detuvo súbitamente la correa.

-Tiene usted un artículo demás- pronunció con toda la autoridad que su cuerpo amazónico le otorgaba. Aquella no era una cajera parecida a las que nos topamos en los negocios hispanos. La problemática mujer ante nosotros pertenecía en un cuadrilátero de lucha libre en vez de operar una caja registradora. La naturaleza le había dotado de un pecho más ancho que un ropero y unos brazos capaces de sostener cinco bebés sedientos del jugo lácteo de sus gigantescas glándulas mamarias. En un brazo lucía el tatuaje de un corazón traspasado por una flecha. Las gotas de sangre que emanaban de la lanzada deletreaban el nombre "Mike" al pie del tatuaje. Casi sepultada por el seno derecho una plaquita plástica llevaba inscrita el nombre de la cajera: Brunilda.

-Creí que un artículo sobre el límite no sería notado- argumenté esperando su absolución a mi pecado.

Brunilda no estaba dispuesta a capitular.

-Un artículo hoy, dos mañana puede crear en otros clientes la ilusión de salirse con las suyas eliminando el propósito de nuestra regla. Tenga la bondad de regresar el último artículo al anaquel que le corresponde. Hay otras personas esperando su turno.

Mi paciente esposa no pudo más. Empujándome a un lado se fajó con la cajera:

-¿Porqué no puede hacer una excepción en su estúpida regla y cobrarnos por el último artículo? ¿Acaso no lo ha hecho en otras ocasiones con personas sin acento de extranjeros? ¿Cómo le gustaría ser acusada de discriminación racial?

Brunilda tenía nervios de acero. Nada le intimidaba.

-Sepa usted señora- alegó en su defensa-, que mis mejores amigas son extranjeras y para todas tengo la misma preferencia. Ninguna de ellas puede decir que he discriminado por su condición de ser negra, fea o analfabeta. Todas son iguales para mí.

-Entonces demuéstrelo aceptando el último artículo y asunto concluido- insistió mi esposa depositando el mencionado artículo en la correa.

-Lo siento. Las reglas se establecen para cumplirlas. Favor de regresarlo a su anaquel de origen y pagar la cuenta.

-¡Su abuela!- gritó encolerizada mi cara mitad. De un tirón agarró una de mis mangas y a empujones nos abrimos paso fuera de la fila de personas en espera.

Dos tornados boricuas abandonaron el supermercado para siempre.

De plano acepto haber sido los causantes del incidente arriba mencionado; sin embargo, existe una virtud llamada concescendencia que nos otorga licencia para expresar nuestra bondad al semejante necesitado. Alguien dijo que las leyes son elásticas y un pequeño estirón no perjudica a nadie; al contrario, muchas veces beneficia a quien va un poco más allá de los límites para acomodar a otros.