
ntes de que los americanos desembarcaran en Puerto Rico el lechero
acostumbraba llevar la vaca y su becerro ante las puertas de sus
clientes. Mientras el lechero se daba su tacita de café
con la doña de la casa, el becerrito aprovechaba para lactar
antes de que el fulano regresara a dejarlo sin alimento. Era
cuestión de echar a un lado el desesperado animalito para
obtener la leche necesitada por el ama de casa.
Unos cuarenta años más tarde el lechero aún entregaba de casa en casa pero en vez de llevar la leche en la ubre de la vaca era en un pesado garrafón de metal cuya tapa usaba como medida. Con diez centavos bebía leche una familia de cuatro todo un día.
Un poco más tarde las botellas de un cuartillo y de un litro reemplazaron la tapa usada para medir la leche. Era una medida más exacta y no había mucho margen de error a favor del lechero. Al contrario, casi siempre añadía la esperada "ñapa".
Hoy en día tenemos que ir al supercolmado en busca del extracto de la consorte del toro. Es entonces cuando hay que hacer una decisión en la clase de leche que queremos llevar a nuestro hogar. Tenemos que decidir entre: leche homogeneizada, leche condensada, leche bautizada (75 por ciento de agua de la pluma y 25 por ciento leche), leche con sabor a chocolate, leche azul o leche desnatada ("skim milk"-le llaman azul porque si la miras frente al sol lo que ves es el cielo detrás del vaso); leche con 1% de grasa, leche con 2% de grasa, leche con grasa hasta las narices, leche con sabor a nada, leche de manteca ("buttermilk"), y un fracatán de derivados lácteos menos la leche verdadera: la acabadita de ordeñar de la vaca (no incluyo la leche materna porque esa no se obtiene en ningún sitio que no sea de los pozos maternos).
A veces me pregunto porqué la leche es más cara en lugares donde abunda la ganadería que en otros sitios donde no tienen la menor idea de lo que es una vaca. Lo mismo sucede con la gasolina. Cuando está en gran demanda los cocorocos gasolineros aumentan el precio unos diez o quince centavos más que en tiempos de poca demanda, cuando la rebajan uno o dos centavos. Para que el precio regrese a su estado anterior hay que esperar hasta que las vacas vuelen.
Un derivado de la leche que ha cambiado con el paso del tiempo es la mantequilla. Recuerdo que mi madre solía guardar la nata de la leche para hacer una deliciosa mantequilla que embarrada en un pedazo de pan en compañía de una taza de café me servía de sostén por casi todo el día. Otras veces la nata cortada pasaba a ser usada en el sabroso requesón que ya no se ve en este lado del charco de agua que nos separa de nuestros países.
La primera margarina que recuerdo era una pasta que muchos les llamábamos "brillantina de carros" pues era tan espesa como la grasa de automóviles y tenía un sabor peculiar al tragarse con el pan. Cada vez que iba al colmado de la esquina a buscar cinco centavos de pan le pedía al dependiente la "ñapa" en forma de una embarrada de margarina al pan.
Hoy en día existe una gran variedad de mantequillas y margarinas para el gusto de cada consumidor. Todas tienen un sabor diferente a las que yo gustaba comer cuando era pequeño, sin embargo, de acuerdo a la ciencia médica, el cambio en ellas es favorable a nuestra salud. Debido a mi problema cardiovascular he tenido que utilizar en mi dieta mantequilla sin grasa que es comparable a comerse un pedazo de pan embarrado con brillantina Yardley.
Los quesos han sufrido cambios también pero no tan radicales como la mantequilla. Todavía podemos conseguir en el colmado el delicioso "queso de papas", el no muy agradable al olfato "queso de bola" pero que es delicioso con galletas de soda y mortadella y el no preferido por muchos "queso de leche de cabras" que hoy día se consigue bajo el nombre de Feta.
Desde que el hombre encontró la manera de utilizar la leche de animales para su manutención hasta el presente cuando tenemos a nuestra disposición una variedad del extracto de la consorte del toro y sus derivados para escoger, debemos considerarnos afortunados de aún tener entre nosotros un producto tan indispensable en nuestra dieta diaria. ¡Que viva la felicidad!