
n tipo muy nervioso se sienta al lado de otro pasajero en un
avión con destino a Nueva York. Notando su nerviosidad
el pasajero le pregunta: -¿Primera vez que vuela?
-¡Qué va! Mi trabajo requiere que viaje una vez al mes a Nueva York-contesta el viajero nervioso.
-¿Y todavía no se ha acostumbrado a los aviones?-vuelve a preguntar el curioso pasajero.
-A los aviones estoy acostumbrado, es la altura la que temo. Estimo que en estos momentos volamos a unos treinta mil pies de altura. ¿Nota lo pequeña que se ve la gente allá abajo? Parecen hormigas-indicó el tipo nervioso mirando por la ventanilla.
-¡No sea corneta, mi hermano,-replicó el otro pasajero-esas son hormigas, el avión no ha despegado todavía!
Jamás he temido a volar en aviones. Para mí es un placer abordar un avión y dejar que me transporte a otro destino. Después que cierre los ojos me importa un bledo cuán alto esté o la velocidad que lleve el aparato.
Son mis compañeros de vuelo quienes me sacan de mis casillas. Especialmente los nerviosos, como el fulano del chiste. Son las personas que me ponen los nervios nerviosos e intranquilizan mi tranquilidad.
Unos treinta y cinco años atrás junto a mi familia abordé en la desaparecida Base Ramey de Aguadilla un avión de cuatro motores de pistón con destino a Carolina del Sur en los Estados Unidos. Era la primera vez que mi familia abordaba un avión que los llevaría a vivir fuera de Puerto Rico. Demás está decir que los cinco estábamos nerviosos y excitados al mismo tiempo. Nos esperaba una vida nueva y con ella nuevas aventuras en un país extraño.
Cinturones amarrados, impacientes esperábamos el despegue del avión cuando de súbito una sombra negra empañó mi vista. En el asiento adyacente al mío acababa de sentarse una mujer vestida de negro de pies a cabeza apretujando entre sus brazos una Biblia del tamaño de un dinosaurio.
Amarrado el cinturón abrió la Biblia, extrajo de su cartera un crucifijo, hizo la señal de la cruz más de veinte veces y comenzó a leer y rezar en silencio. Sólo sus labios grisáceos se movían. Los ojos estaban clavados en El Libro Sagrado.
La ruta aérea entre Aguadilla y Las Carolinas resultó ser escabrosa y repleta de vacíos en el aire convirtiendo el viaje en una carrera en La Montaña Rusa.Cada vacío encontrado por las hélices hacía descender el avión en forma súbita unos cientos de pies hacia la superficie del mar. En cada bajón mi estómago quedaba empotrado en el techo del aeroplano para recobrarlo segundos más tarde al nivelar la nave.
Miré en dirección de la doña vestida de negro notando que había dejado de leer. Sus manos reposaban sobre la Biblia abierta reteniendo el crucifijo entre sus dedos. Había cerrado los ojos tan apretados que aparentaba estar muerta. Movía los labios en un continuado de oraciones que tal parecían ser movidos por un motor eléctrico. Para emparejar el cuadro, el color de su rostro era cadavérico. Cada vez que el avión bajaba de un tirón sus labios acrecentaban la velocidad de sus rezos.
La escabrosidad del viaje duró hasta llegar a la base aérea de Charleston,Carolina del Sur. Cuando volví a mirar en dirección de la mujer vestida de negro, aquella había desaparecido. Imagino que fue de las primeras en abandonar el avión o fue "enviada" para protegernos con sus rezos.
Como quiera que lo mires, ese es el tipo de persona que me intranquiliza poniendo mi nerviosidad al galope cada vez que vuelo en avión. El viaje es como un dulce de coco: es delicioso pero puede darte los "pujos".