urante mi más reciente visita a Puerto Rico tuve la oportunidad de apreciar cómo algunos padres empeñan hasta la camisa para poder complacer los caprichos de sus hijas a punto de cumplir los quince años.

La invitación (verbal porque era amigo del padre y no conocía al resto de la familia) que recibí a uno de estos eventos no venía de una familia con dinero a montones, al contrario, a cada santo le debían una vela y en muchas ocasiones el patriarca tenía que hacer de tripas corazones con el modesto salario que a su hogar él traía.

Desafortunadamente, entre su esposa y la futura quinceañera gastaban el dinero como si éste naciera en los árboles (llámame chismoso si te complace). Seis meses antes del cumpleaños, madre e hija comenzaron a planear el evento con toda la grandiosidad que ellas consideraban los quince años de la nena se merecían. Sin consultar con el padre rentaron el restaurante más conocido (y por ende, más caro) en la ciudad. Sin mucho reparo escogieron un menú que costaría 100 dólares por invitado, la barra estaría abierta sirviendo bebidas gratis hasta la medianoche (cuando según la ley la nena debía estar soñando con los angelitos) y decidieron que la nena se merecía el bizcocho más grande que la ley de gravedad no derrumbara.

Del restaurante las dos pasaron a una agencia de automóviles donde rentaron dos limosinas equipadas con televisión y una nevera repleta de refrescos y frutas para que la cumpleañera y sus amigas preferidas disfrutaran de un largo paseo por la ciudad (a costillas de ya sabes quién).

El último sitio en visitar aquel día fue la boutique para ordenar las flores y adornos para adornar el salón donde tendría lugar la recepción. Allí madre e hija gastaron el dinero que la cabeza de la familia no soñaba tener el resto de su vida. Aún les quedaba visitar a la modista para ordenar la ropa que la nena y sus amigas preferidas lucirían en tan magna ocasión (gracias a la generosidad de ...), no obstante, decidieron dejarlo para el día siguiente pues se encontraban cansadas de malgastar el dinero de aquel que les proveía el pan de cada día. Invitaciones fueron enviadas a Fulana, Zutana, Perengana y a todas sus hermanas quienes ansiosas esperaban el cachete del siglo conocedoras de la vida de ricos que la esposa e hija de mi amigo acostumbraban aparentar.

Cerca de doscientas personas fueron invitadas. Llegado el día del magno acontecimiento el primer sitio de reunión fue la iglesia católica donde se celebraría una misa dedicada a la quinceañera (limosna que saldría del bolsillo de mi amigo). Como dije al principio, desconocía quiénes eran la esposa e hija de mi amigo pues la última vez que le había visto me juró más de mil veces observar el celibato con la misma religiosidad de los monjes del Tibet.

Veinte años habían pasado desde entonces. Para mi sorpresa y decepción vi desmontar de la limosina a una jovencita larga y flaca como una aldaba metida adentro de un traje color rosa semejando una tienda de campaña. Asumí que aquella era la hija de mi amigo pues detrás de ella desmontó una mujer pesando unas doscientas y pico de libras desesperada porque el traje se le había arrugado en la sentadera a la muchacha. Aquella era la media...la naranja ...no, el saco de naranjas de mi infeliz amigo. Durante la misa observé a mi amigo sacar varias veces el pañuelo para enjugarse las lágrimas. Me pregunté si era llevado por la emoción de ver a su hija en vías de convertirse en una mujer o motivado por la pila de facturas que le esperaba cuando despertara de aquella terrible pesadilla.

Antes de regresar al estado de Ohio tuve la mala suerte de tropezar con mi amigo en una de las dos casas bancarias de la ciudad. A pesar del cuerpo esquelético que había reemplazado su gordura desde la fiesta de su hija le reconocí por la maldita manía de tirar de los pelos de su nariz. Pauso para darte un buen consejo, amigo lector: nunca, pero que nunca le preguntes a un padre de familia el gasto incurrido en una boda, cumpleaños o celebración de los quince años de una hija. Si es un malcriado te va a pedir que te metas en tus asuntos, si es buena gente va a llorar en tu hombro por los siglos de los siglos contándote sus cuitas. Por más de media hora aquel amigo buscó alivio a sus inquietudes contándome cómo su esposa e hija le habían hundido en una deuda de unos treinta mil dólares obligándole a hipotecar su casa por segunda vez para satisfacer a sus acreedores.

-¿Segunda vez?- pregunté aguijoneado por la curiosidad.

-La primera vez fue para comprarle un Cadillac a mi mujer, el mismo que destrozó dos semanas después de comprarlo- confesó entre sollozos.

"Cuando uno no está preso lo andan buscando", dice el muy acertado refrán.