
n par de años atrás el matrimonio que por cuarenta años mi esposa y yo hemos tratado de mantener intacto estuvo a punto de irse a pique gracias a mi supuesto hábito de roncar. Aclaro que mientras no escuche o me despierten mis propios ronquidos les llamaré supuestos, aceptando la palabra de mi cara mitad sólamente.
Antes de producirse el atolladero matrimonial era despertado por gentiles palmaditas en el trasero y la paciente voz de mi esposa indicando que mi serenata no le dejaba conciliar el sueño. Problema resuelto cambiando de posición en la cama. Las palmaditas se convirtieron en patadas leves que fueron incrementando en fuerza hasta la noche en que una patada encontró un lugar más tierno y susceptible al dolor. El terrible dolor y la sorpresa no sólo lograron despertarme sino que de un vuelco fui a tener al piso enredado en la sábana que me cubría. Malhumorado me puse de pie, agarré la almohada y dando traspiés en la oscuridad ocupé la habitación inmediata a la nuestra. Allí dormí como un lirón hasta el otro día
-¿Tienes una idea de lo que hiciste anoche?- pregunté a mi adorado tormento mientras preparaba el desayuno.
Rehusando mirar en mi dirección contestó: -No recuerdo mucho los detalles; sin embargo, después que dejaste de roncar pude dormir tranquilamente el resto de la noche.
Aquella indiferencia comenzó a herirme más que la patada de la noche anterior. No estaba ajena al sufrimiento que me había causado, sin embargo, rehusaba admitirlo. La paciencia comenzaba a abandonarme.
-No te hagas la mosquita muerta y admite que me pateaste "ahí" para que dejara de roncar. ¿Te puedes imaginar el dolor que el hombre siente cuando es lastimado en ese sitio?
-No tan fuerte como el dolor que pasé al parir a cada uno de tus tres hijos- volvió a contestar en abierto desafío a mi cólera.
-Entonces- anuncié abandonando violentamente la mesa del comedor-, no tienes que preocuparte más por mis ronquidos. Desde esta noche vas a dormir a patas sueltas... pero sola. Si me "necesitas" estaré en la habitación al lado de la nuestra.
-¡Ujú!- pronunció con arrogancia.-Ya veremos quién es que necesita a quién. Como plazo te doy una noche para que regreses implorando que te deje dormir a mi lado.
-¡Eso lo veremos!- grité tirando detrás de mí la puerta que conduce al garaje.
-¿No vas a desayunar?- preguntó entreabriendo la puerta. -Puedes usarlo en lugar de una enema!- se me ocurrió contestarle. Cinco minutos más tarde mi estómago me castigaba rudamente por aquella vileza.
Aquella noche dormía tranquilamente cuando cerca de las dos de la mañana toques a la puerta me despertaron. "¡Ajá!" pensé preparándome para el romance conciliatorio. "Ahora vamos a saber quién es que necesita a quién". Malhumorada mi media naranja entreabrió la puerta ordenando: -Ten la bondad de voltearte para el lado en que no roncas. Desperté creyendo escuchar la máquina podadora de yerba en este cuarto cuando en realidad eran tus ronquidos cruzando la pared que nos separa. Si continuas roncando de esa manera vas a tener que ir a ver al médico pa' que te de algo y dejes a uno dormir en paz. Treinta segundos después la puerta se había cerrado dejándome despierto, romántico y sumido en las tinieblas del cuarto.
Afortunadamente, fue una almohada la que salvó nuestro matrimonio. Días luego de nuestro altercado mi esposa puso en mis manos una almohada especial para las personas que roncan. La única diferencia entre ella y una almohada común eran unos pequeños promontorios cónicos esparcidos por la superficie principal. Hasta el presente no he logrado (ni pretendo) averiguar la explicación médica o científica tras los poderes curativos de aquellos "pezones" de goma que aseguran curar la ronquera. No obstante, puedo asegurarles que (palabras de mi esposa) mis ronquidos han disminuido permitiéndome el feliz regreso al lecho conyugal.
A ello digo: ¡Amen y que viva la felicidad!