Santa Marianita de Jesús Paredes y Flores




Santa Marianita de Jesús
La Azucena de Quito
Mariana de Jesús Paredes y Flores, nació en Quito (Ecuador) el 31 de octubre
de 1618, era Hija del capitán español Jerónimo de Paredes y Flores y de la noble
Mariana Jaramillo. Antes de cumplir los siete años se quedó huérfana y pasó
a encargarse de su educación una de sus siete hermanas, Jerónima, esposa del capitán
Cosme de Miranda. Pronto empezó a cultivar una intensa piedad y mortificación
y, bajo la dirección del jesuita Juan Camacho, hizo voto de virginidad perpetua.
Sin ingresar en ninguna Orden religiosa se consagró a la oración y a la
penitencia en su propia casa hasta límites insospechados. Se propuso cumplir aquel
mandato de Jesús: "Quien desea seguirme que se niegue a sí mismo". Y desde
muy niña empezó a mortificarse en la comida, en el beber y en el dormir. Su afán
apostólico y de caridad hacia los demás le llevaron a intentar ejercer de misionera
entre los indios mainas y a asistir a los enfermos y desgraciados.
El
6 de noviembre de 1639 ingresó en la Tercera Orden de Penitencia de San Francisco
de Asís, la que mejor se acomodaba a su espíritu de renuncia.
María
recibió de Dios el don de consejo y así sucedía que los consejos que ella daba
a las personas les hacían inmenso bien. También solía anunciar hechos que iban
a suceder en lo futuro (incluyendo la fecha de su muerte, que según anunció sería
un viernes 26). Tenía un don especial para poner paz entre los que se peleaban
y para lograr que algunas personas dejaran de pecar.
Se la llama "La
Azucena de Quito" porque en una enfermedad le hicieron una sangría y la muchacha
de servicio echó en una matera la sangre que le había sacado a Mariana, y en
esa matera nació una Azucena. Con esa flor es pintada en los cuadros.
En
1645 hubo en Quito un gran terremoto, que causó muchas muertes por una terrible
epidemia, que tenía aterrorizada a la ciudad. Un Padre Jesuita dijo en un sermón:
"Dios mío: Yo te ofrezco mi vida para que se acaben los terremotos". Pero
Mariana exclamó: "No, Señor. La vida de este sacerdote es necesaria para salvar
muchas almas. En cambio yo no soy necesaria... te ofrezco mi vida para que cesen
esos terremotos" La gente se admiró de esto, y aquella misma mañana ella empezó
a sentirse muy enferma, y murió el 26 de Mayo de 1645. Dios le tomó la palabra
y ya no se repitieron los terremotos y no murió más gente por ese mal. Por
eso el Congreso del Ecuador le dio en 1946 el título de "Heroína de la Patria".
Fue beatificada por el Papa Pío IX el 20 de noviembre de 1853 y canonizada
por Pío XII, el 4 de junio de 1950. Su festividad se conmemora el 26 de Mayo. |
Fué la primera Santa Ecuatoriana, se la conoce como "Santa Marianita de Jesús"
o "La Azucena de Quito"
Por que en una enfermedad le hicieron una sangría
y la muchacha de servicio echó en una matera la sangre que le había sacado
a Mariana, y en esa matera nació una Azucena. Con esa flor la pintan a ella en
sus cuadros.
En 1645 hubo en Quito un gran Terremoto, que causó muchas muertes
por una terrible epidemia, que tenía aterrorizada a la ciudad...
Un Padre
Jesuita dijo en un Sermón: Dios mio: "Yo te ofrezco mi vida para que se acaben
los terremotos". Pero Mariana exclamó: "No, señor. La vida de este sacerdote
es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no soy necesaria... te ofrezco
mi vida para que cesen esos terremotos"
La gente se admiró de esto,
y aquella misma mañana ella empezó a sentirse muy enferma, y murió el 26 de Mayo
de 1645.
Dios le tomó la palabra... y ya no se repitieron los terremotos
y no murió más gente por ese mal.
Por eso el Congreso del Ecuador le dio
en 1946 el Título de "Heroína de la Patria"
Se la venera cada 26 de Mayo,
el Papa Pío IX la declaró Beata, y en 1950 el Papa Pío XII la Santificó. |
Mariana de Jesús Paredes y Flores
Mariana de Jesús Paredes y Flores (Rosa de Quito) nació en 1618 en la ciudad
de Quito, entonces perteneciente al Virreinato del Perú. Sus padres fallecieron
cuando ella aún era una niña por lo que se crío con la familia de su hermana.
Desde niña, Mariana se caracterizó por una profunda piedad y su vida espiritual.
Pasaba largas horas en oración e invitaba a sus parientes a rezar el rosario.
Marianita recibió su primera comunión a la edad de siete años, posibilidad
que en aquella época era algo excepcional. Su vida transcurrió en perfecta unión
de Jesucristo. Según cuentan, Dios le concedió gracias y dones, además realizó
numerosos milagros. En 1645, sucedieron una serie de terremotos en Quito y
luego una epidemia acabó con la vida de muchos habitantes. El cuarto domingo de
cuaresma, Santa Mariana ofreció su vida al Señor a cambio de la paz y la salud
del pueblo. Poco tiempo después los temblores cesaron y la epidemia desapareció.
Santa Marianita de Jesús pronto enfermó y murió. La santa ecuatoriana fue
canonizada en 1950. |
26 de Mayo Santa Mariana de Jesús,
Azucena de Quito. Año 1645.
Su
nombre completo era Mariana de Jesús Paredes Flores. Nació en Quito (Ecuador)
en 1618. Desde los cuatro años quedó huérfana de padre y madre y al cuidado de
su hermana mayor y de su cuñado, quienes la quisieron como a una hija.
Desde
muy pequeñita demostró una gran inclinación hacia la piedad y un enorme
aprecio por la pureza y por la caridad hacia los pobres. Ya a los siete años
invitaba a sus sobrinas, que eran casi de su misma edad, a rezar el rosario y
a hacer el viacrucis.
Se aprendió el catecismo de tal manera bien que
a los ocho años fue admitida a hacer la Primera Comunión (lo cual era una excepción
en aquella época). El sacerdote que le hizo el examen de religión se quedó
admirado de lo bien que esta niña comprendía las verdades del catecismo. Al
escuchar un sermón acerca de la cantidad tan grande de gente que todavía no logró
recibir el mensaje de la religión de Cristo, dispuso irse con un grupo de compañeritas
a evangelizar paganos. Por el camino las devolvieron a sus casas porque
no se daban cuenta de lo grave que era la determinación que habían tomado.
Otro día se propuso irse con otras niñas a una montaña a vivir como anacoretas
dedicadas al ayuno y a la oración. Afortunadamente un toro muy bravo las devolvió
corriendo a la ciudad. Entonces su cuñado al darse cuenta de los grandes deseos
de santidad y oración que esta niña tenía trató de obtener que la recibieran
en una comunidad de religiosas. Pero las dos veces que trató de entrar de religiosa,
se presentaron contrariedades imprevistas que no le permitieron estar en
el convento. Entonces ella se dio cuenta de que Dios la quería santificar quedándose
en el mundo.
Se construyó en el solar de la casa de su hermana
una habitación separada, y allí se dedicó a rezar, a meditar, y a hacer penitencia.
Había
aprendido muy bien la música y tocaba hermosamente la
guitarra y el piano. Había aprendido a coser, tejer y bordar, y todo esto le servía
para no perder tiempo en la ociosidad. Tenía una armoniosa voz y sentía una
gran afición por el canto, y cada día se ejercitaba un poco en este arte. Le
agradaba mucho entonar cantos religiosos, que le ayudaban a meditar y a levantar
su corazón a Dios. Su día lo repartía entre la oración, la meditación, la lectura
de libros religiosos, la música, el canto y los trabajos manuales. Su meditación
preferida era pensar en la Pasión y Muerte de Jesús.
En el templo
de los Padres Jesuitas encontró un santo sacerdote que hizo de director espiritual
y le enseñó el método de San Ignacio de Loyola, que consiste en examinarse
tres veces por día la conciencia: por la mañana para ver qué peligros habrá
en el día y evitarlos y qué buenas obras tendremos que hacer. El segundo examen:
al mediodía, acerca del defecto dominante, aquella falta que más cometemos,
para planear como no dejarse vencer por esa debilidad. Y el tercer examen por
la noche, acerca de todo el día, analizando las palabras, los pensamientos, las
obras y las omisiones de esas 12 horas. Esos tres exámenes le fueron llevando
a una gran exactitud en el cumplimiento de sus deberes de cada día.
Para
recordar frecuentemente que iba a morir y que tendría que rendir cuentas a
Dios, se consiguió un ataúd y en el dormía varias noches cada semana. Y el tiempo
restante lo tenía lleno de almohadas que semejaban un cadáver para recordar
lo que le esperaba al final de la vida.
Se propuso cumplir aquel mandato
de Jesús: "Quien desea seguirme que se niegue a sí mismo". Y desde muy niña
empezó a mortificarse en la comida, en el beber y dormir. En el comedor colocaba
una canastita debajo de la mesa y se servía en cantidades iguales a todos
los demás pero, sin que se dieran cuenta, echaba buena parte de esos alimentos
en el canasto, y los regalaba después a los pobres. Uno de los sacrificios que
más la hacían sufrir era no tomar ninguna bebida en los días de mucho calor. Pero
la animaba a esta mortificación el pensar en la sed que Jesús tuvo que sufrir
en la cruz. Se colocaba en la cabeza una corona de espinas mientras rezaba el
rosario. Muchísimos rosarios los rezó con los brazos en cruz.
Como
sacrificio se propuso no salir de su casa sino al templo y cuando alguna persona
tuviera alguna urgente necesidad de su ayuda. Así que el resto de su vida estuvo
recluida en su casa. Solamente la veían salir cada mañana a la Santa Misa,
y volver luego a vivir encerrada dedicada a las lecturas espirituales, a la meditación,
a la oración, al trabajo y a ofrecer sacrificios por la conversión de
los pecadores. Se propuso llenar todos sus días de frecuentes actos de amor a Dios.
Cada día rezaba 12 Salmos de la S. Biblia. Ayunaba frecuentemente.
María
recibió de Dios el don de consejo y así sucedía que los consejos que
ella daba a las personas les hacían inmenso bien. También le dio a conocer Nuestro
Señor varios hechos que iban a suceder en lo futuro, y así como ella los anunció,
así sucedieron (incluyendo la fecha de su muerte, que según anunció sería
un viernes 26). Tenía un don especial para poner paz entre los que se peleaban
y para lograr que ciertos pecadores dejaran su vida de pecado. A un sacerdote
muy sabio pero muy vanidoso le dijo después de un brillantísimo sermón: "Mire
Padre, que Dios lo envió a recoger almas para el cielo, y no a recoger aplausos
de este suelo". Y el padrecito dejó de buscar la estimación al predicar.
En
una enfermedad le sacaron sangre y la muchacha de servicio echó en una
matera la sangre que le habían sacado a Mariana, y en esa matera nació una bellísima
azucena. Con esa flor la pintan a ella en sus cuadros. Y azucena de pureza
fue esta santa durante toda su vida.
Sucedieron en Quito unos terribles
terremotos que destruían casas y ocasionaban muchas muertes. Un padre jesuita
dijo en un sermón: - "Dios mío: yo te ofrezco mi vida para que se acaben
los terremotos". Pero Mariana exclamó: - "No, señor. La vida de este sacerdote
es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no soy necesaria. Te ofrezco
mi vida para que cesen estos terremotos". La gente se admiró de esto. Y aquella
misma mañana al salir del templo ella empezó a sentirse muy enferma. Pero desde
esa mañana ya no se repitieron los terremotos.
Una terrible epidemia
estaba causando la muerte de centenares de personas en Quito. Mariana ofreció
su vida y todos sus dolores para que cesara la epidemia. Y desde el día en
que hizo ese ofrecimiento ya no murió más gente de ese mal allí.
Por
eso el Congreso del Ecuador le dio en el año 1946 el título de "Heroína de la
Patria".
Acompañada por tres padres jesuitas murió santamente el viernes
26 de mayo de 1645. Desde entonces los quiteños le han tenido una gran admiración.
Su entierro fue una inmensa ovación de toda la ciudad. Y los continuos
milagros que hizo después de su muerte, obtuvieron que el Papa Pío IX la declarara
beata y el Papa XII la declarara santa.
Santa Mariana: No dejes
nunca de orar por América.
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Mariana de Jesús Paredes y Flores (Santa) Nacida en Quito el 31 de octubre de 1618.
Terciaria franciscana proclamada «heroína nacional» (30 de noviembre de 1945)
por la Asamblea Constituyente de Ecuador. Hija del capitán español Jerónimo de
Paredes y Flores y de la noble Mariana Jaramillo. Antes de cumplir los siete
años se quedó huérfana y pasó a encargarse de su educación una de sus siete hermanas,
Jerónima, esposa del capitán Cosme de Miranda. Pronto empezó a cultivar
una intensa piedad y mortificación y, bajo la dirección del jesuita Juan Camacho,
hizo voto de virginidad perpetua. Sin ingresar en ninguna Orden religiosa se
consagró a la oración y a la penitencia en su propia casa hasta límites insospechados.
No le acompañó ningún fenómeno sobrenatural externo, que ella nunca quiso
por considerarlo un peligro para su humildad. Su afán apostólico y de caridad
hacia los demás le llevaron a intentar ejercer de misionera entre los indios
mainas y a asistir a los enfermos y desgraciados. El 6 de noviembre de 1639 ingresó
en la Tercera Orden de Penitencia de San Francisco de Asís, la que mejor
se acomodaba a su espíritu de renuncia. Intentó hacer vida eremita a los pies del
Pichincha, esperando conjurar los peligros del volcán. Cuando una serie de terremotos
y epidemias asolaron el Ecuador, ofreció su vida para salvar a Quito
(1645); al poco tiempo enfermó y murió. Fue beatificada por Pío IX (20 de noviembre
de 1853) y canonizada por Pío XII (4 de junio de 1950).
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A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía
de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual.
El padre Juan Camacho, al examinarla, quedó admirado de la inteligencia
y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba
a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse
desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció
enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó
luego los de pobreza y obediencia. Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús.
La
Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de
ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva
Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de
entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente
aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en
la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios,
entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez,
pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre
los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente,
en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita,
un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos
al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las
mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en
su pieza un ataúd, que le recordaba constantemente la vanidad del mundo y la hora
de la muerte.
Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo
que sometió a su confesor:
«A las cuatro -dice- me levantaré, haré disciplina; pondréme de rodillas, daré
gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión
de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a
seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen
general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré.
De siete a ocho: el tiempo de una misa preparé el aposento de mi corazón para
recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno,
por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré
muchas mercedes. De ocho a nueve, sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias
por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de
la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos
devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere
necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos
a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos
de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve:
oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a
diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado
y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro
de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes,
en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina.
Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez
a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies
y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer
toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré
con la gracia de Dios.»
Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad
y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta
su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente,
admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados:
la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar
y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas
por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie.
Santa
Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente
con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían
a ella y la misericordia corporal con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud
verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia.
Por
consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya
que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado).
Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde
Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya
que el templo de los jesuitas de Quito (de extraordinaria riqueza, pues está
espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta
los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo
bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después
de su canonización.
Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su
vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios.
Decía ella misma a su criada catalina: «Si duermo en esta cama, sabe que para
mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues
en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por
mí, no es nada lo que yo haga por él.» Sin embargo, para usar estas asperezas
había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una
escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron
a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas
las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba
colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes
días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y
piedrecitas.
Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos
hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía
entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en
ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas.
De su amor a
Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que «en todos
los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo..., no
pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia». Otro decía: «Nuestro
Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer
a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción».
Un
testigo afirma de su caridad para con el prójimo: «Se ejercitó cuanto pudo y
permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio
de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y
para el efecto diera su vida.» «Toda su conversación -añade una de sus compañeras-
era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los
santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación.»
Aunque
suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales
exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo
por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones
y santificación de varias almas.
A principios del año 1645 se
sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba
consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a
Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro
Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los
temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del
templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos
de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo
llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener
en pie. Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino,
entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años
de edad.
A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor
la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes
milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa; Pío
VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció
dos milagros suyos: el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de
1853.
Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903,
correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa
Mariana el 9 de junio de 1950. Por su parte, la Asamblea Constituyente de Ecuador,
a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a
ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto «Heroína
de la Patria».
Gustavo Amigó Jansen, S. I.,
Santa Mariana
de Jesús Paredes, en Año Cristiano, Tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184),
1959, pp. 494- 499
|



Mariana de Jesús, Santa (1618-1645), virgen penitente y santa ecuatoriana.
Nació
en Quito (actual capital de Ecuador y entonces integrada en el virreinato
del Perú) el 31 de octubre de 1618 en el seno de una familia descendiente directa
de los conquistadores españoles. Huérfana desde niña, fue tutelada por su hermana
y pronto dio muestras de una precoz vida religiosa, retirándose a rezar y
a practicar una fervorosa penitencia en su propia habitación, que acondicionó
para tales fines despojándola de muebles, con la única compañía de una calavera.
Sólo salía de casa para asistir a misa o recibir los sacramentos. Beatificada
en 1853, el papa Pío XII la canonizó en 1950. Su festividad se conmemora el 26
de mayo.
"Mariana de Jesús, Santa", Enciclopedia Microsoft(R) Encarta(R)
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Santa Mariana de Jesús Paredes y Flores |
28 de Mayo
Santa María Ana de Jesús de Paredes
(1618-1645)
por Gustavo
Amigó Jansen, s.j.
La cristiana república del Ecuador puede presentar
ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa
Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús
de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos
y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde
sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y
a la modestia virginal. |
Oración
Oh Dios, Tú que quisiste que floreciese Santa Mariana aún entre los placeres mundanos
como una azucena entre espinas con virginal pureza y constante mortificación.
Concédenos, te rogamos, que por sus méritos y meditación nos apartemos del
vicio y sigamos la perfección. Amén. |











Huérfana de ambos padres desde los siete años, quedó al cuidado de su hermana mayor
y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana
de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó,
por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza
en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar,
tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el
tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición
a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse
en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar
su corazón incesantemente a Dios.
Ya desde su temprana edad su
día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus
compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios; que celebraba todas las
festividades de Nuestro Señor y de su Madre santísima, y de todos los santos,
sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando
y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos
y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa,
donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical
el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la
Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que
más adelante serían mayores y más asiduas. |













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