Los billares caseros eran construidos de cajas de madera para el empaque de bacalaos o de arenques ahumados. Encontrar una de estas cajas vacías requería ir de tienda en tienda de comestibles hasta dar con una en buenas condiciones. Nunca tuve problemas en este departamento ya que un pariente mío era propietario de una de estas tiendas y a cambio de barrerle el piso al negocio él me "regalaba" la caja. Aquí podemos intercalar el dicho de: "cambiar chinas por botellas".

Si la suerte favorecía a uno encontrando una caja, el próximo paso era cubrir el fondo exterior con un pedazo de madera con una superficie lisa y sin imperfecciones. Este era otro problema que muchos no podíamos resolver pues en aquellos días las planchas de madera prensada (plywood) brillaban por su ausencia en nuestros hogares. Como sustituto a veces usábamos varios pedazos de cartón hasta lograr el espesor deseado.

Antes de instalar el cartón era preciso ranurar seis boquetes de unas dos pulgadas de diámetro para las "troneras" del billar. Por allí caerían las bolas a unas pequeñas chorreras (canales) que más luego serían instaladas en el interior de la caja. Estas canales regresaban las bolas al frente del billar y para ello cortábamos un rectángulo en aquél lado.

De la misma manera que los billares grandes eran cubiertos con una tela de fieltro, nosotros forrábamos los nuestros con el primer pedazo de tela que encontráramos a la mano. Unas veces era una toalla vieja, una frazada para los bebés o la parte trasera de una camisa vieja del jefe de la familia. Otras veces esperábamos que la cubierta de uno de los billares grandes fuera reemplazada y los pedazos descartados en la basura. Aquello le daría un aspecto "profesional" a nuestra obra de arte.

Los lados donde las bolas rebotan son llamados "bandas", las mismas que construíamos de madera de una pulgada de espesor y en ellas cortábamos los cemicírculos que rodean las troneras. El rebote era producido por cintas cortadas de la llanta de una bicicleta, las cuales eran instaladas en la orilla interior de las bandas.

Terminado el billar, procedíamos a formar los "tacos" utilizando los palos de escobas desechadas en el vecindario. Cada pedazo era aguzado desde el centro hasta un extremo hasta darle forma cónica. En la punta pegábamos una ruedita cortada de la lengua de un zapato y ¡presto!, nuestro billar casero estaba listo para usarse pero antes teníamos que decidir qué bolas serían usadas. Casi siempre decidíamos usar canicas grandes, las que en mi pueblo llamamos "bolones" y a ellas pintábamos (con un fósforo aguzado en la punta) números (del 1 al 15) con pintura de uñas o con pintura de casas. Un bolón sin color era el designado para romper la "piña" formada por las 15 bolas. A este último le llamábamos el "mingo".

Hoy día los niños que desean aprender a jugar al billar no tienen más que pedirle a Los Reyes o a Santa Claus que le traigan uno del tamaño apropiado a su edad. En los tiempos de mi infancia sólo había un tamaño: el de la caja de bacalaos o la de arenques ahumados que pudiéramos encontrar.
¡Qué tiempos aquellos!