
Sin embargo, ya no preparan varios de los dulces y bizcochos que durante mi niñez obtenía por uno o dos centavos en la tienda o en el cafetín de la esquina. Tal parece que desaparecieron junto a la generación que los preparaba.
Por el precio de un centavo compraba un turrón tan rojo como la cereza que llevaba incrustado pedazos de maní tostado. Aquel dulce era más duro que la semilla del corozo y una vez en la boca duraba por los siglos de los siglos hasta que eventualmente desaparecía derretido. Era mi favorito cuando disfrutaba la matiné de los sábados pues duraba desde que la tanda empezaba hasta que terminaba hora y media después. Cada vez que pregunto por ese turrón recibo miradas curiosas como si se tratara del misterio de las pirámides de Egipto.
En mi pueblo los dos reposteros que habían confeccionaban un bizcochito cubierto por una delgada pero endurecida capa de azúcar a la cual agregaban un sabor delicioso que no he saboreado en muchos, muchos años. Aquella delicia llevaba el nombre de "bizcochito cubierto" y como el turrón de fresas no lo he vuelto a ver en las reposterías de mi ciudad natal.
Por último mencionaré un dulce que hace muchos años desapareció en mi pueblo natal: el esponjado. Confeccionado de palomitas de maíz (popcorn) unidas en forma de una bola gracias a la adhesividad de la melaza de caña, el esponjado sólo se conseguía de los vendedores que deambulaban las calles en busca de clientes.