
"Le das esta notita a don Yuyo pa' que te la despache y le dices que "me lo apunte hasta que tu pay cobre"; esas eran más o menos las palabras de mi madre al poner en mis manos una lista enumerando los artículos y la cantidad que necesitaba en su cocina para preparar nuestro sustento diario. El fiao estaba en aquello de que "me lo apunte hasta que tu pay cobre", indicando que la transación quedaba por liquidarse hasta que mi padre recibiera su pago mensual.
Por norma el dueño de la tienda apuntaba el total de las compras en una libreta de escuela que utilizaba para toda su clientela. En letras y números gigantescos anotaba el nombre del cliente, el día, fecha y total de la compra que supuestamente sería saldado a fines del mes.
"¿Cuánto le debo este mes, don Yuyo?"
Don Yuyo buscaba la libreta debajo del mostrador, la abría en la página correspondiente y luego de un poco de aritmética anunciaba: "Ochenticinco pesos, doña Lucía."
"¿Está usted seguro, don Yuyo? No creía que fuera tanto lo que cogí fiao en este mes."
"Aquí está todo en blanco y negro, doña. No se olvide que el mes pasado usted hizo un abono de 10 pesos dejando un balance de 35 y este mes se pasó del límite de 40 que es todo lo que puedo fiarle."
"Mi familia tiene que comer, don Yuyo. Mire, le voy a abonar estos 25 pesos a la cuenta pa' ver si el mes que viene el viejo me da un poco más y puedo saldar la cuenta. Mientras tanto, despácheme estas cositas que necesito pa'l fin de semana."
Las "cositas" aumentaban la cuenta unos 15 dólares sobre el balance. Aquella serķa la primera compra de varias durante el mes.
Así funcionaba el sistema del "fiao". El comerciante ofrecía su mercancía en crédito al consumidor confiado en la integridad de su cliente. Desafortunadamente, muchas veces la honestidad no prevalecía en uno o en ambos lados. El comerciante era acusado por el cliente de "correr el lápiz", o sea, de apuntarle demás; o el comerciante acusaba al cliente de ser un "mala paga", que no era otra cosa sino dejar de pagar los intereses creados.
Muchos comerciantes tenían por costumbre recompensar a sus parroquianos favoritos (los que saldaban las cuentas a tiempo) regalándoles algún artículo de poco valor que aparentemente era apreciado por el cliente pero que a sus espaldas comentaban: "Mira la m....a que me dió el viejo maceta ese después que le puse 40 grullos en las manos. Ojalá que se le convierta en sal y agua to' lo que tiene."
De la misma manera que habían comerciantes dispuestos a otorgar crédito, también habían los que no querían saber del fiao. En sus negocios colgaban letreros rezando: "HOY NO FIO, MAÑANA SÍ"; "EL QUE FIA SALIÓ A COGER FIAO"; "NO ME PIDAS QUE TE FIE SI QUIERES SEGUIR SIENDO MI AMIGO", etc.
Como una "ñapa" a este artículo, añado el tema de la "ñapa" para aquellos que no saben lo que es o lo han olvidado.
Cuando mi madre me enviaba a la plaza del mercado (tú sabes lo que es una Plaza de Mercado, eh?), a buscarle 5 centavos de recao, no dejaba de recordarme pedirle "la ñapa" al verdulero. En un pedazo de papel de periódico el buen hombre envolvía un tomate pequeño, un pimiento de tamaño enano, unas cuantas hebras de cilantrillo y de "ñapa" incluía una o dos hojas de culantro, otro tomate u otro pimiento. La "ñapa" era algo extra que se le añadía a la compra como un incentivo al cliente que complacido regresaría trayendo más negocio. Una de las "ñapas" favoritas mías venía en forma de un pedazo de queso de papa que recibía cada vez que compraba cinco centavos de pan embarrado en una margarina amarilla que llamábamos "brillantina de carros".
¡Qué tiempos aquellos!