
Era el día tan esperado por muchos niños en mi ciudad (las niñas podían contarse con las manos y sobraban dedos); la matiné de los sábados estaba por empezar y solamente los chicos enfermos estaban excusados de participar (algunos fingían estar "como coco" con tal de no perderse la función).
Una vez Roque el taquillero me autorizaba a entrar a la sala, allí encontraba más de doscientos muchachos gritando, corriendo por los pasillos, empujando unos a los otros disputándose los asientos al frente de la pantalla. Sin embargo, aquello era una convención de mudos comparado con el pandemonio que se formaba tan pronto la intensidad de las luces era reducida, corría el telón y en la pantalla era proyectado un corto de Los Tres Chiflados o una caricatura del Pájaro Loco. Solamente oídos de niños podían soportar tan monumental escándalo.
Calmados los ánimos por unos quince minutos, la algarabía regresaba una vez que el corto era reemplazado por una película de vaqueros. Roy Rogers (junto a su caballo Trigger y Dale Evans, en tal orden de importancia en el corazón de Roy), Hopalong Cassidy, Tim McCoy, Charles Starrett, Buck Jones, Ken Maynard, Bob Steele y Johny McBrown eran varios de los muchos héroes del Viejo Oeste quienes montados en sus briosos corceles (casi siempre eran blancos como el de Napoleón) nos deleitaban con sus aventuras todos lo sábados. Cuando no se encontraban combatiendo una ganga de asaltadores de bancos, hallábamos a nuestros héroes en blanco y negro defendiendo el rancho que un estafador quería quitarle al padre enfermo o paralítico de la muchacha (la heroína). Al final del drama, el muchacho derrotaba a los malhechores quedándose con la muchacha (nunca supimos si se casaban o vivían en pecado el resto de sus vidas) o montado en su caballo se alejaba en busca de otra banda de pillos o de algún tramposo a quien poner de patitas en la cárcel.
Mientras en la pantalla se desarrollaba una trifulca ficticia, en los asientos la realidad se hacía presente cuando dos o tres muchachos se caían a golpes imitando a los actores del celuloide. Siempre había uno que no sabía defenderse y al primer piñazo se echaba a dar gritos llamando a su mamá. El mantequilla (llorón) era sacado por un brazo fuera del teatro mientras que su agresor buscaba una víctima nueva para continuar emulando la acción en la pantalla.
Tan pronto la película de vaqueros terminaba comenzaba la parte más esperada durante toda la semana. Dos capítulos de una serie de doce o más continuaban el suspenso en que nos dejaran el sábado anterior cuando el muchacho o la muchacha se encontraban en un apuro imposible de evitar. Cuando no era que el héroe o la heroína caían hacia una muerte segura por un precipicio, otras veces algo se les derrumbaba encima u otras veces el lugar donde se encontraban era destruido por una explosión. En el capítulo siguiente era cuestión de agarrarse de unos matojos antes de caer por el barranco o saltar antes de que el carro se fuera como Gardel; muchas veces el "cheche" encontraba una salida segundos antes de la catástrofe. Siempre el bien triunfaba sobre el mal o Los Estados Unidos y el resto del mundo eran salvados de una posible dominación por razas de otro planeta o por terrícolas decididos a portarse mal con el resto de la humanidad.
Series tales como Tarzán, el Hombre Mono; El Fantasma que Camina, Red Ryder; Sheena, la Reina de la Selva, El Capitán Maravilla, Flash Gordon, Terry y los Piratas y El Aplasta Espías fueron varias de las muchas series de capítulos que muchos años atrás atrayeron la muchachada boricua a la matiné de los sábados. ¡Qué tiempos aquellos!