
Detrás del panadero asomaba el verdulero con su carrito cargado de vegetales y las hierbas utilizadas para la confección del sustento diario. En el pequeño carruaje el ama de casa podía encontrar verduras tales como: ñame, malanga, yuca, yautía, batatas (de las crecidas en nuestro país, claro está), guineos verdes o maduros (mis favoritos eran los guineitos "niños"), plátanos verdes o maduros; en otras plabras, una gran variedad de vegetales que el verdulero los vendía por cantidades en vez de pesarlo. Entre las hierbas se encontraban el cilantrillo y el cilantro (culantro), tan común usado en nuestra cocina boricua. (Gracias al señor Mario Amador, Sr. por recordarme esta estampa del pasado.)
Cerca del mediodía por una punta de la calle se escuchaba el pregón de Pepe el Piragüero y por la opuesta el de Nacho el Mantecadero llamando a los sedientos a buscar alivio a los embates del sol tropical con sus raspados de hielo con sabor a frutas el primero y el mantecado de vainilla o helado de coco el segundo.
Las tres de la tarde, hora en que el reloj biológico nos decía que era el momento para el "buchito de café", hacía su entrada en el vecindario un señor cuyo nombre no recuerdo pero sí llevo en la memoria la gigantesca alteza de madera que balanceaba en su cabeza. Adentro de aquella caja llevaba confites para todos los paladares, tales como: bombotós, besitos de coco, pastelillos de guayaba, galletas cucas, cazuela de calabaza, bizcochitos cubiertos de azúcar y otros dulces apropiados para acompañar el tan deseado trago de café de las tres.
Dos vendedores ambulantes que ofrecían sus servicios por temporadas eran el que estiraba colchones de metal y el que amolaba cuchillos y tijeras. Un hombre extremadamente delgado, el estirador empujaba su taller ambulante que consistía de una prensa montada en tres ruedas. En ella montaba el colchón deformado por el peso de quien o quienes lo usaban. Dando vueltas a una manigueta estiraba el marco de madera hasta lograr que la malla de metal estirara como era debido. Si era necesario, procedía a remover los pedazos de malla que la orina de los niños había enmohecido reemplazándolos con material salvado de otros colchones. Aquella labor bajo el sol borincano le tomaba unas tres horas para completar y por ello cobraba unos tres o cuatro dólares.
El amolador de cuchillos y tijeras empujaba una rueda de carruaje mientras hacía sonar una flauta quena. Aquél señor no necesitaba pregón para sus servicios, las señoras del barrio sabían quién se aproximaba al escuchar el "filulip" de la flauta. Tan pronto conseguía una cliente, la rueda se convertía en un pedestal del que colgaba una correa de cuero, la misma que unía la circunferencia de la rueda a una piedra de esmeril. Accionando con sus pies un pedal de madera el que a su vez movía la rueda y la piedra, en pocos minutos el utensilio en cuestión quedaba amolado. Por su labor recibía unos veinticinco centavos.
He podido observar que todavía existe uno que otro vendedor ambulante deambulando por las calles de mi pueblo. El pan aún se puede obtener a la puerta del hogar pero en muchos lugares hay que ir a la esquina o a la panadería a buscarlo. También he notado que la mayoría de los vendedores ambulantes de hoy día utilizan un automóvil o camioneta para recorrer las calles de la ciudad y un altoparlante para anunciar la mercancía. Ya no hay quien despierte a uno pregonando a todo pulmón: ¡Panaderooop! Calientito llevo el pan, doña!
¡Qué tiempos aquellos!